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Imagen de Los micromachismos y los insultos cotidianos

Junio 2015

Los micromachismos y los insultos cotidianos

Con motivo del mes en el que reivindicamos para las mujeres una salud y unos cuidados propios en el marco de nuestra Campaña #SaludConPoder, nos gustaría hablar sobre aquellas situaciones cotidianas en las que la desigualdad y el machismo nos enferman, subiéndonos la tensión y levantándonos ardor de estómago.

Diariamente vivimos experiencias en las que se dan por sentado ciertas cosas sobre nosotras por ser mujeres. Da igual que nos sintamos como tales, ni siquiera importa que estemos de acuerdo con ellas, cuando menos lo esperamos, a nuestra apariencia se asocian ideas, valores y prácticas exclusivamente femeninas. Generalmente estos estereotipos nos subordinan, nos sitúan en una posición secundaria.  

Pongamos ejemplos, que siempre queda más claro. Con la llegada del verano, afloran multitud de dietas, de mujeres, para lucir un cuerpo bello y saludable, ya sea en la playa o en la ciudad si eres una precaria y te quedas trabajando sin vacaciones. Nosotras siempre tenemos que preocuparnos por nuestro aspecto. Incluso los anuncios nos recuerdan, como si se tratara de un halago, que las mujeres si somos capaces de parir con dolor, también podemos hacerle frente a esos kilitos de más, que por supuesto nos importan infinitamente.

Otro gran clásico es que las mujeres no pagamos, o eso es lo que piensan infinidad de camareros a la hora de llevar la cuenta en los bares. Da igual que la hayas pedido tú, el ticket se lo darán a tu pareja, si es un chico. Existe esa extraña creencia sobre nuestra capacidad para manejar el dinero, como si no pudiéramos hacer malabares con nuestros sueldos a fin de mes, si nos da la gana.

No sabemos pagar. No sabemos, en general. Eso deben pensar aquellos hombres que en una conversación se dirigen exclusivamente a sus iguales masculinos. Conversaciones sobre deporte, política, chorradas variadas, que pivotan esquivándonos. ¿No me han oído? ¿Tendré que gritar más? Es lo que se suele pensar al principio, luego te das cuenta de que simplemente no has sido invitada a esa conversación. Otras veces, aunque opines sobre el tema, tu opinión será tomada como secundaria, para que la próxima vez no te esfuerces tanto. No esperes a oír terminar verdaderos monólogos sobre ombligos y demás argumentos importantes para dar tu opinión de manera breve y resumida, intentando no acaparar la palabra.

Somos frágiles, débiles y tontas. Si eres joven, prepárate para que en nombre de esa gran enemiga, la inexperiencia se te responsabilice de menos trabajo o de labores consideradas menos importantes. Esta imagen se la debemos en gran parte al cine, gracias a películas en las que príncipes, o si somos adultas, millonarios y vampiros, nos salvan una y otra vez, fundamentando el amor en esa protección constante y tan necesaria en nuestras vidas. Como lado opuesto, también existe la posibilidad de ser inteligentes y despiadadas. Parece que si representamos a mujeres fuertes y listas irreparablemente también seremos malvadas brujas con ideas aterradoras que nos condenarán a estar solas de por vida.

Entre las ideas frecuentes, también encontramos que las mujeres necesitamos menos espacio. Por eso en el metro, en el autobús etc., vemos reducidos nuestros asientos a la mitad. Sentados a nuestro lado, con las piernas bien reposadas y abiertas, hay hombres que dan por hecho que la comodidad para nosotras es ceder espacio. No nos gusta estirar las piernas, que va, eso es por naturaleza algo de tíos.

No hacemos deporte y si practicamos algún ejercicio es para adelgazar. No cuadra bien que hagamos pesas, recordemos que somos débiles. Por eso la publicidad de algunos gimnasios, muestra siempre mujeres delgadas bailando y sonriendo y hombres fuertes, con expresiones duras de mucho esfuerzo.

Sutilezas diarias que pueden pasar desapercibidas o afectar gravemente a nuestra salud de feministas. Para aquellos casos en los que estas situaciones nos suban la fiebre, lo recomendable es recordar que todas forman parte de la misma necesidad: mantener los privilegios masculinos. No se trata de mujeres que hagan dieta, que no paguen o que sean tontas y no hablen. Se necesitan mujeres obedientes que se preocupen por encajar con esa identidad femenina como única opción de vida.

Si realmente queremos una vida saludable, sin estrés ni úlceras, la cura es tener en mente que cada ocasión ofrece la oportunidad de rechazar este trato, proponiendo alternativas igualitarias no basadas en ideas preconcebidas. A fin de cuentas, nadie mejor que nosotras para decidir qué queremos y qué nos gusta hacer.

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